Hay personas que llegan despacio y, de pronto, sostienen vidas sin hacer ruido. Así apareciste tú, Carmen, hace apenas tres años; como quien entra tarde a una fiesta y, aun así, termina convirtiéndose en alguien imprescindible. Y qué suerte la nuestra haberte encontrado.
Cuando algunos compañeros y alumnos apenas sabíamos sostenernos, ahí estabas tú: con tu moño perfecto de batalla, los labios pintados de ese rosa intenso que parecía decirle al mundo: “Hoy tampoco vais a poder conmigo”. Ibas vestida de colores fuertes, como si te negaras a pasar desapercibida, como si incluso el dolor tuviera que apartarse un poco al verte llegar.
Y luego estaba tu manera de hablar… Esa “mala leche gloriosa”, afilada y certera, que decía verdades que a otros les hubiera costado una guerra entera pronunciar. Pero tú no. Tú las soltabas con una gracia imposible, con esa sonrisa ladeada, con ese humor tan tuyo, que acabábamos riéndonos incluso cuando nos estabas poniendo en nuestro sitio.
Eras gamberra, fuerte y dura; pero debajo de esa armadura había uno de los corazones más grandes que hemos conocido jamás, aunque intentaras esconderlo. Tenías un talento inmenso para desmontar dramas con una sola frase, para cuidar de los demás mientras cargabas también con tus propias heridas, con dolores que muchas veces callabas.
Y aun así, seguías atendiendo las penas ajenas. Tomábamos café, nos escuchabas, preguntabas “¿qué pasa ahora?” como si todavía te quedaran fuerzas para salvarnos a todos. Y las tuviste. Hasta el final.
Han sido meses peleando contra una enfermedad injusta; demasiado rápido, demasiado cruel. Y, aun así, algunos tuvimos tiempo de acompañarte, de sostenerte un poco como tú habías hecho tantas veces con nosotros. Pudimos compartir cafés con dulces, risas, miradas cómplices, conversaciones absurdas y momentos pequeños que ahora nos parecen gigantes.
Ha sido un privilegio y un regalo haberte tenido cerca. Y aunque el dolor nos apriete y a veces parezca ahogarnos, si tuviéramos que resumir todo lo que sentimos, solo podríamos decir una cosa: GRACIAS.
Gracias por aparecer en nuestras vidas. Gracias por elegirnos como compañeros y, a algunos, también como amigos. Gracias por cuidarnos tantas veces.
Nunca vamos a poder devolverte todo lo que nos diste en tan poco tiempo. Tu huella en nosotros es inmensa, y nunca olvidaremos tu forma de mirar, tu ironía, tu valentía, tu forma de atender las inquietudes de los alumnos, ni esa manera tan tuya de hacer sentir acompañada a la gente.
Ojalá, donde estés, sigas poniendo a todos en su sitio. Y ojalá hayas sabido —y sigas sabiendo— cuánto te quisimos y cuánto va a dolernos siempre que ya no estés aquí: en clase, en la sala de profesores, en el aula, en la esquina del parque fumando o compartiendo un café, o rodeada de alumnos a los que siempre atendías en tus ratos libres.
Porque hay personas que se van demasiado pronto y, aun así, sostienen vidas enteras sin hacer ruido.